viernes, 18 de septiembre de 2020

 SOBRE LA FELICIDAD Y EL AMOR


Si algo define e iguala a todos los seres humanos, eso es: la búsqueda de la felicidad. Ya en el seno materno el feto busca la más confortable posición acomodándose con movimientos en el vientre de su madre. Una vez nacido la busca por su calor  y para saciar en ella los más fundamentales apetitos que son el hambre y la sed. Ya en la infancia los deseos y caprichos de la criatura son continuos, pues en ninguno de los juegos consigue saciar por completo su apetito de placer. Y así prosigue la vida para siempre: deseando continuamente lo que no se ha conseguido porque nada de lo que se tiene entrega la completa felicidad.

Así conceptuado el ser humano es el perfecto insatisfecho. Su única dicha es la esperanza de conseguir de alguna manera y en algún momento esa felicidad que busca. Realmente se goza de las cosas más esperándolas con la certeza de encontrarlas que al saborearlas una vez poseídas, ya que una vez alcanzadas el hombre busca siempre algo aún mejor. Esa ambición inacabable de felicidad es lo que nos demuestra que sólo cerca de Dios, el Ser infinitamente Bueno, el hombre puede saciar su sed de bienestar.

Alguien podría definir al  mundo como una inmensa mesa de trileros, porque tras la búsqueda y entrega de  nuestro dinero de esfuerzo y trabajo,  nos engaña siempre ocultándonos la bolita de la felicidad siempre en la copa desechada.  ¡Y cuántos engañados pululamos por el mundo de tenderete en tenderete !

La razón es obvia: creemos solamente en el amor a uno mismo, nunca en el amor al otro. El corazón humano está hecho para amar y comienza por amarse a sí mismo y eso está bien porque es autoestima, pero lo malo que es que acabe donde comenzó y no salga a contemplar y amar a un Creador y a muchas criaturas hechas  por éste y precisamente para compartir como hermanos la felicidad con ellas y hacia Él. 

El amor que nos tenemos a nosotros mismos no no nos puede dar una felicidad sin límites, porque está recortado por nuestra propia finitud. 

Definitivamente es el amor al otro lo que da la felicidad verdadera y no el odio, ni la envidia, ni la ambición. Y el primer "otro" es el propio Creador.

Resuenan con plena razón las palabras aquellas :  "Escucha Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y a tu prójimo como a tí mismo.".

Cuando contemplemos a Dios , tal como es, es cuando sentiremos el verdadero amor que engendra la verdadera felicidad, la que no se acaba nunca, la que no querremos perder porque es la verdadera vida.

Pidamos, pues,  al Espíritu Santo que purifique nuestros ojos para que podamos verle en Dios y  así  llegar a poseer la verdadera felicidad. Y pidamos desde  este mundo, sumidos en nubes y turbideces, que nos llegue  algún fulgor de ese Sol divino para que nos oriente y para que nos conforte durante el camino.

¿Pero es que  existe la felicidad perfecta....?  ¿Existe la FELICIDAD con Mayúsculas...?  ¿Existe la Felicidad infinita...? 

Te diré que sí, que está y que es atributo exclusivo de Dios, quien es en todo momento infinitamente feliz. Él quiere compatir su felicidad con nosotros en el Amor, si es que somos capaces de abrir las ventanas del alma para que nos inunde su Luz

¿Cómo...?  

Porque su dicha es originada por un infinito amor entre el Padre y el Hijo. Es ese amor sin límites que se personifica en un ser tan divino como ambos:  el Espíritu Santo. La Felicidad procede tan sólo del amor y en la Trinidad lo es infinita. Nosotros nada tenemos de infinito, salvo la esperanza de eternidad y si estamos cerca de Dios podremos aspirar a participar de su Felicidad para siempre desde nuestra ínfima esencia.  

Solamente podremos ir completando nuestra dicha, creciendo a lo largo de la eternidad del tiempo, si gozamos de ver infinitamente feliz a Dios . Y sólo así, el Espíritu Santo  nos llenará de satisfacción en su contemplación gloriosa y perfecta del Padre junto al Hijo y junto a toda la Creación que le ha sido fiel.

Septiembre 2020- Septiembre 2021-Julio 2022

Jonás.