El
hombre es un híbrido de alma y cuerpo y como tal reúne aspiraciones y
realidades de la una y del otro. Siempre
queremos saber más y más, y nunca dejamos de intentar poseer un mayor poder
sobre las cosas y el medio que nos rodea. Frente a esa vocación de dioses que
llevamos inscrita en el alma está la limitación que nos impone la cárcel
corporal....¿He dicho prisión? También hubiera podido decir casa, cabaña o
incluso palacete si la salud nos acompaña en plenitud, pero al fin y al cabo
son paredes. Es, sin embargo,
precisamente esa limitación la que más ensalza el valor del ser humano.
No olvidemos que en la mitología griega el héroe superaba por su entrañable simpatía y amabilidad a los propios dioses
inmortales del Olimpo. Tampoco olvidemos como, por otro lado, el intentar
conquistar el cielo le costaría a Ícaro, el hombre que voló con unas alas de
cera, el caer desde lo alto con éstas derretidas por el propio sol.
No
obstante tanto amó nuestro Dios a su creación racional humana que se identificó
con ella para compartir en la persona de Jesucristo nuestra condición de verdaderos hombres, sin
dejar de ser verdadero Dios. Este acercamiento sobrenatural nos hace a los
hombres amar más y mejor a quien todo nos dio y así comprender sus mandatos. No
es un Dios que "pasa" del hombre, sino un Dios que lo ama hasta el extremo.
El
Padre nos llama a la virtud y el
Hijo encarnado nos marca el único camino posible : el recorrido por Él mismo: el sendero de la
humildad. Nos hará verdaderos hijos de
Dios sólo si podemos entrar en el santuario de Belén agachando la cabeza. Nunca
llegaremos a ser dioses como Él, esto es la elemental lógica perdida por
satanás, la de que que no hay más que un solo Dios; pero si somos sus hijos siempre andaremos como sus cachorros tras sus pasos, :imitándolo, creciendo y perfeccionándonos, pero siempre en deuda por el regalo gratuito del Amor divino. Un agradecimiento siempre insuficiente, la eterna hipoteca de entrega que nos ha
dejado Jesús al redimirnos....¿Cómo devolver a Dios todo ese amor desmedido que
ha derrochado con cada uno de nosotros?.
Creo
que ,sin duda, debemos de buscar siempre la perfección en el trabajo, en el
arte, en la belleza, en la salud y en nuestro recreo, pero no obstante
aconsejaría que cuando ya estemos cerca, muy cerca de la misma, renunciemos a
ella. Narra el libro de las florecillas
de S. Francisco que en una ocasión este
buen santo estaba junto con sus monjes
tejiendo con juncos unos canastillos
para obtener alguna ganancia y poder alimentarse. Al parecer el hermano
Francisco tenía habilidad y fue terminando el suyo antes y mejor que los demás
frailes, de manera que a uno de éstos exclamó: “¡Que bien os está quedando ese
cestillo hermano Francisco!..”. El Santo de la humildad paró inmediatamente su
actividad y la invirtió, deshaciendo todo lo hecho. Interrogado sobre su
actitud respondió que no deseaba hacerlo ni mejor ni antes que los demás.
Nos
marca este Santo un verdadero reto, nos hace bien volver a repetir las palabras de
Jesús cuando nos llama a la mejora: “Sed
perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto” o las palabras de S.Pablo
cuando nos insta a correr nuestra carrera
cual atletas.
El
mundo nos dicta que la perfección es ser más que muchos otros o llegar a ser ser el mejor de todos. Así apasionan los
“records” deportivos, las “plusmarcas”, los “trofeos” y “los títulos de ganador”..
No sólo en el deporte, en todos los demás ambientes científicos, artísticos o profesionales está triunfando el mismo criterio de aplaudir a quién parece que llegó mejor o más lejos
que los demás . No obstante existe una prueba deportiva, que al menos en parte, no sigue esa norma. Es la llamada “contra-reloj”, o realmente contra uno mismo, de los ciclistas. En esta
prueba no se compite a la vez que otros, no se les adelanta porque es que no se les ve para poder superarlos. La lucha va contra uno mismo. . El corredor debe superarse a sí
mismo, dar el máximo de sí cada vez que lo intente pues él mismo es su propio
rival. Premian al deportista con un tiempo mínimo, pero el verdadero triunfo es el llegar a superarse la persona cual es y de verdad.
Creo que esta es la solución: Competir contra
uno mismo, ser cada día un poco más perfecto que el día de ayer. ¡¿ Y... qué nos
importan los demás?¡ . Ellos no nos nos podrán dar nunca la felicidad que sólo da
el deber cumplido!. Si andamos contemplando a otros caeremos o bien en la soberbia o
bien en la envidia, distraeremos nuestra atención y nuestras fuerzas,
equivocaremos el camino. Dios no nos puso en el mundo para competir, sino para
triunfar ante nosotros mismos y sobre todo ante Él que como un padre espera de su hijo pequeño el comienzo
de su vacilante marcha y se vuelca con alegría en descubrir cada pasito nuevo.
Y si el niño cae lo levanta y lo vuelve a poner en condiciones de seguir,
porque nada más desea un buen padre sino que
el hijo le imite. Nos quedan un infinito número de pasos vacilantes, pero el Padre nos
ofrece una eternidad para crecer y para poderle seguir. Nunca alcanzaremos al Infinito, pero merecerá la pena.
No
pongamos nuestro corazón en ser más que otros, sino en ser cada vez mejores
respecto de nosotros mismos, agradando a Dios. Así creceremos como sus auténticos Hijos..
Jonás
Febrero
2012.
Corregido en Enero 2020
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