martes, 4 de febrero de 2020

La perfección humana

La Perfección Humana.


El hombre es un híbrido de alma y cuerpo y como tal reúne aspiraciones y realidades de la una y del otro.  Siempre queremos saber más y más, y nunca dejamos de intentar poseer un mayor poder sobre las cosas y el medio que nos rodea. Frente a esa vocación de dioses que llevamos inscrita en el alma está la limitación que nos impone la cárcel corporal....¿He dicho prisión? También hubiera podido decir casa, cabaña o incluso palacete si la salud nos acompaña en plenitud, pero al fin y al cabo son paredes. Es, sin embargo,  precisamente esa limitación la que más ensalza el valor del ser humano. No olvidemos que  en la mitología griega  el héroe superaba por su entrañable  simpatía y amabilidad a los propios dioses inmortales del Olimpo. Tampoco olvidemos como, por otro lado, el intentar conquistar el cielo le costaría a Ícaro, el hombre que voló con unas alas de cera, el caer desde lo alto con éstas derretidas por el propio sol.

No obstante tanto amó nuestro Dios a su creación racional humana que se identificó con ella para compartir en la persona de Jesucristo nuestra condición de verdaderos hombres, sin dejar de ser verdadero Dios. Este acercamiento sobrenatural nos hace a los hombres amar más y mejor a quien todo nos dio y así comprender sus mandatos. No es un Dios que "pasa" del hombre, sino un Dios que lo ama hasta el extremo.
El Padre nos llama a la virtud  y el Hijo encarnado nos marca el único camino posible : el  recorrido por Él mismo: el sendero de la humildad.  Nos hará verdaderos hijos de Dios sólo si podemos entrar en el santuario de Belén agachando la cabeza. Nunca llegaremos a ser dioses como Él, esto es la elemental lógica perdida por satanás, la de que que no hay más que un solo Dios; pero si somos sus hijos siempre andaremos como sus cachorros tras sus pasos, :imitándolo, creciendo y perfeccionándonos, pero siempre en deuda por el regalo gratuito del Amor divino. Un agradecimiento siempre insuficiente,  la eterna hipoteca de entrega que nos ha dejado Jesús al redimirnos....¿Cómo devolver a Dios todo ese amor desmedido que ha derrochado con cada uno de nosotros?.

Creo que ,sin duda, debemos de buscar siempre la perfección en el trabajo, en el arte, en la belleza, en la salud y en nuestro recreo, pero no obstante aconsejaría que cuando ya estemos cerca, muy cerca de la misma, renunciemos a ella.  Narra el libro de las florecillas de S. Francisco  que en una ocasión este buen santo  estaba junto con sus monjes tejiendo con juncos unos canastillos  para obtener alguna ganancia y poder alimentarse. Al parecer el hermano Francisco tenía habilidad y fue terminando el suyo antes y mejor que los demás frailes, de manera que a uno de éstos exclamó: “¡Que bien os está quedando ese cestillo hermano Francisco!..”. El Santo de la humildad paró inmediatamente su actividad y la invirtió, deshaciendo todo lo hecho. Interrogado sobre su actitud respondió que no deseaba hacerlo ni mejor ni antes que los demás.
Nos marca este Santo un verdadero reto, nos hace bien volver a repetir las palabras de Jesús  cuando nos llama a la mejora: “Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto” o las palabras de S.Pablo cuando nos insta a correr nuestra carrera  cual atletas.
El mundo nos dicta que la perfección es ser más que muchos otros o llegar a ser   ser el mejor de todos. Así apasionan los “records” deportivos, las “plusmarcas”, los “trofeos” y “los títulos de ganador”.. No sólo en el deporte, en todos los demás ambientes científicos, artísticos o profesionales  está triunfando el mismo criterio de aplaudir a quién parece que llegó mejor o más lejos que los demás . No obstante existe una prueba deportiva, que al menos en parte, no sigue esa norma. Es la llamada “contra-reloj”, o realmente contra uno mismo,  de los ciclistas. En esta prueba no se compite a la vez que otros, no se les adelanta porque es que no se les ve para poder superarlos. La lucha va contra uno mismo. . El corredor debe superarse a sí mismo, dar el máximo de sí cada vez que lo intente pues él mismo es su propio rival. Premian al deportista con un tiempo mínimo, pero el verdadero triunfo es el llegar a superarse la persona cual es y de verdad.
 Creo que esta es la solución: Competir contra uno mismo, ser cada día un poco más perfecto que el día de ayer. ¡¿ Y... qué nos importan los demás?¡ . Ellos no nos nos podrán dar nunca la felicidad que sólo da el deber cumplido!. Si andamos contemplando a otros caeremos o bien en la soberbia o bien en la  envidia, distraeremos nuestra atención y nuestras fuerzas, equivocaremos el camino. Dios no nos puso en el mundo para competir, sino para triunfar ante nosotros mismos y sobre todo ante Él que como un  padre espera de su hijo pequeño el comienzo de su vacilante marcha y se vuelca con alegría en descubrir cada pasito nuevo. Y si el niño cae lo levanta y lo vuelve a poner en condiciones de seguir, porque nada más desea un buen padre sino que  el hijo le imite.  Nos quedan un infinito número  de pasos vacilantes, pero el Padre  nos ofrece una eternidad para crecer y para poderle seguir. Nunca  alcanzaremos al Infinito, pero merecerá la pena.
No pongamos nuestro corazón en ser más que otros, sino en ser cada vez  mejores respecto de nosotros mismos, agradando a Dios. Así creceremos como sus auténticos Hijos..



Jonás  
Febrero 2012. 
Corregido en  Enero 2020

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