LA QUIMERA DEL TIEMPO.
El Tiempo es una de esos conceptos que no cuadran en la mente humana. Definimos dos clases de tiempo: el físico y el espiritual. Ya Aristóteles definió que tanto uno como otro son meros conceptos de cantidad. Para él no es el tiempo más que el número de experiencias físicas o espirituales habidas a lo largo de la existencia. Fisiológicamente podemos decir que estas experiencias pueden ser aferentes o eferentes, según resulten de experiencias recibidas del exterior por los sentidos o bien alteradoras del exterior por actos derivados de movimientos decididos por nuestra voluntad. En el campo espiritual pasa igualmente que se pudiera hablar de un tiempo sensitivo o de percepción de un sentimiento, que siempre es el Amor, y de un tiempo por acciones voluntarias en las que se realiza una petición del mismo o bien la gozosa manifestación de gozo debido a su obtención. Esto explica el porqué en el placer se percibe el paso del tiempo muy rápido y en el dolor se nota extremadamente lento. En el primero no hay actos de búsqueda de un cambio, en el segundo no hay más que numerosos intentos inútiles para encontrar un cambio.
El ser humano está abocado al Amor y éste se puede solamente sentir de dos formas: a) ordenadamente primero a Dios y luego al prójimo a la vez que a uno mismo. y b) desordenadamente a uno mismo primero y luego a Dios o al prójimo valorados de igual forma secundaria.
La primera es la propia del Cielo y de la vida virtuosa, la segunda es la propia del Infierno y de la vida pecadora. La primera produce la felicidad completa en el Amor profundo a todo, la segunda la infelicidad plena en la que tan sólo hay una amor: la raquítica adoración a uno mismo. Ésta es un amor que se va quemando y se ahoga en la violenta llama del odio hacia a unos u otros y a hacia Dios, al que los condenados ya no se quieren ni acercar . Ese odio eterno es la única y verdadera brecha abismal que separa Cielo e Infierno. De forma diferente a la descrita por Dante en su "Divina Comedia", no habrá Ángeles guardianes que vigilan para que no se escape uno sólo de los condenados. La condena la llevan todos ellos en su odioso corazón .
Consuela, pensando así, contemplar en cambio, que la Resurrección que Dios nos tiene prometida si somos fieles a su fe y a sus mandamientos nos ocurrirá tan sólo un instante después de la muerte o tras el Purgatorio, pues en el Cielo el tiempo, aunque es eterno, pasa muy velozmente. Así que pidamos y esperemos desde ahora un Cielo con Resurrección incluida, porque no nos va a dar prácticamente tiempo de contemplarnos unos a otros sin nuestro cuerpo.
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