IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS
La primera semejanza comienza en la creación del ser humano: una copia a tamaño infinitamente menor de Dios, pero con sus mismas cualidades. En mineralogía se repite el proceso parecido y se aprecia como un cristal va pasando desde dimensiones moleculares a tamaños gigantes por cristalización, Pero con límites es el crecimiento de nuestra alma respecto a su modelo en el Espíritu Divino. Decían los antiguos filósofos griegos que nuestro espíritu está compuesto por tres potencias : memoria, entendimiento y voluntad y los teólogos reconocen esas mismas cualidades en el Todopoderoso. Estas tres funciones son a la vez semilla y fruto de Amor, naturaleza íntima de Dios y causa de nuestra verdadera felicidad.
La segunda semejanza es el libre albedrío. Se nos ha construido con plena libertad de obrar el bien o el mal. La misma libertad que tiene Dios, pero eso sí, muchas veces en nosotros limitada por los sentidos y sobre todo por los hábitos adquiridos, también de forma libre. Dios nos permite incluso faltarle gravemente sin tomar represalia alguna mientras vivimos y la única que toma tras la muerte del pecador es dejarle alejarse de Él para perderse en el la distancia y ausencia buscada, cual fue su propio deseo en vida y sobre todo en los últimos momentos. La ausencia definitiva de Dios se traducirá en ese desgraciado voluntario en los remordimientos y dolores físicos más intensos que se puede uno imaginar.
La tercera semejanza es la figura de Cristo, encarnación de la segunda persona Trinitaria en un hombre idéntico a nosotros en todo, menos en el ofender a su Padre, que también lo es nuestro. No pensamos el maravilloso descubrimiento de que nosotros no solamente poseemos un espíritu hecho a semejanza del divino, sino que poseemos un cuerpo idéntico al cuerpo de Dios en Jesucristo. Dios quiso personalmente hacerse semejante al hombre que había creado y sido infiel en nuestro Señor Jesús, para poder llamarnos también Hijos..
La cuarta semejanza nace del amor. Nos lo muestra la Santísima Trinidad. El Padre ama infinitamente a su Hijo engendrado por Él antes de todos los siglos. El Hijo o Verbo divino lo hace igualmente con su querido Padre, de manera que se juntan dos amores con tal potencia que, dados sus infinitas magnitudes se engendra un Ser infinito de la misma naturaleza y composición: Amor purísimo sin medida. Ese es el Espíritu Santo. Los tres se aman logrando una unión infinita, por lo que Dios es Uno, unión perfecta por tres seres diferentes, una unión inalcanzable para nuestra mente humana, mas no para nuestro corazón que puede amarlas juntas y separadas. ¿No nos recuerda algo este divino juego ?. Nos hace ver cómo la especie humana se multiplica. Dios hizo al Hombre y a la Mujer para que se amasen y de la unión de ambos nace el hijo que siempre les trae una gran satisfacción y aun más amor. Cuando Dios ideó la creación del hombre quiso imitar algo más de sí mismo.
La Quinta semejanza es en sí el propio Amor, que es la sustancia de Dios. Hacia el amor tendemos todos los hombres y vamos descubriéndolo sin fin a medida que vamos creciendo, trabajando y ayudándonos. Al final de la vida seremos examinados en el amor, como decía San Juan evangelista, y después de la vida, si hemos aprobado ese examen , seguiremos creciendo toda la eternidad en el amor, el que da la felicidad completa para la que Dios nos dio un insaciable apetito. Como Hijos que somos suyos, creceremos eternamente en el amor sin llegar nunca a alcanzar al Dios Trino en su Grandeza infinita. En esta línea nos descubre San Agustín su máxima más valiosa: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón no descansará hasta que se halle en Ti."
Demos gracias siempre y en todo momento y lugar a nuestro Padre Dios, que tantas semejanzas con Él nos ha dado y con la ayuda del Santo Espíritu sigamos los pasos trazados para nosotros por nuestro Maestro y Redentor: Jesucristo.
Jonás - Diciembre 2023
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