AGRADAR A DIOS
Es, sin duda alguna, la más importante de todas las tareas que el ser humano puede realizar. Y es, también sin lugar a dudas, la única tarea que tiene remuneración segura, pues es la única fuente de verdadera y eterna felicidad para cada uno de nosotros.
El problema es saber cómo hacerlo, es escoger la clase de trabajo o servicio que más satisfacción pudiere dar a un Creador contemplando su propia obra.
Si analizamos la historia de los trabajos de Dios veremos que el primero fueron numerosos seres espirituales dotados de cierta semejanza de belleza, de inteligencia y de libertad, con quien los creó.
Los puso a prueba, como a nosotros mismos, y unos fueron nobles y otros desleales.. Los primeros creían en el Señor y esperaron su vuelta con el buen ánimo en la obediencia y en la esperanza, los segundos aprovecharon su aparente ausencia para honrarse exclusivamente a sí mismos en el egoísmo y en la soberbia. Despertaron los unos en el Cielo y los otros en los infiernos, pues Dios aborrece la soberbia... Se repitió la historia creadora con la aparición del hombre, un ser algo inferior a los Ángeles anteriores, aunque también dotado de cierta inteligencia y de cierto albedrío.
Dios había repetido nuevamente su prueba creadora y con muy diversos resultados. Unos le agradaron , otros le repugnaron. Los primeros hacían florecer la humildad y la entrega total, los segundos no mostraban más que vanidad, soberbia y egoísmo. Entre los primeros hubo uno que encantó al Señor de los Cielos que resultó ser una mujer llamada "María".
He ahí lo que buscaba nuestro Dios,. Él era Trinidad pura de humildad, en la que ninguna de sus figuras se ensimismaba en sí misma , sino en las otras. El Padre adoraba al Hijo y éste al Padre y ambos con tal poder y fuerza que surgía entre ellos el mismísimo Espíritu de amor como fruto infinito.
En aquella figura humana encontró Dios alguien parecido a sí mismo en aquella joven virgen : María . La rodeó de su secreta e Inmaculada luz, una gracia invisible para todo ser humano, incluida ella misma, pues María durante toda su vida conoció el cansancio del trabajo y María experimentó durante la Pasión y Muerte de su querido Hijo el mayor dolor que ningún otro ser humano pueda sentir, siendo además la "favorita" de su Creador.
Es, por lo tanto, la humildad, enterémonos, la mayor de todas las satisfacciones con las que cada uno de nosotros puede complacer a su Creador.
Resuene en nuestra alma esa frase de María : "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su Palabra ".
Con la humildad descubriré al Señor en cada uno de mis hermanos y podré servirlos sin complejos ni fallos, pues Cristo, de una forma u otra, reside en cada uno de ellos.
El Espíritu Santo, modelo de sencillez y efectividad nos abrirá la mente para averiguar cuales son las cosas que agradan plenamente al Padre y al Hijo.
Tan sólo con la humildad me desnudaré de mí mismo y podré vestirme del traje de pobreza y sencillez que exige Dios para entrar en el Paraíso y gozar del manjar de su eterna compañía.
Que así sea.
Jonás, - Agosto 2024
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