MISTERIOS DOLOROSOS DEL SANTO ROSARIO
Primer Misterio : LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS
No fue el comienzo de la pesadilla, sino quizás su cumbre: sentir a fondo la mayor tristeza, la peor experiencia humana que impulsa a muchos hombres a la desesperación o incluso al suicidio.
En Cristo habían dos naturalezas: la humana, acongojada por su injusta pasión y muerte, y la divina, conocedora perfecta de todas las maldades pasadas, presentes y futuras de toda la historia humana. Como Dios que era, Cristo sabía que muchos hombres a lo largo de la historia le habrían de maldecir y acabarían en el infierno, y conocía que su sacrificio para éstos era un fracaso, pero pese a que su vocación era salvar a todos, esto podría suponer un fallo, un gran motivo de desánimo.. Con ello pasaban también por la mente de Cristo, como una serie de flashes, todas nuestras debilidades pequeñas y grandes. Ante tal muchedumbre de pecados de gente de tan variadas clases y géneros, Cristo comenzó a sentir en su naturaleza humana toda la tristeza de sentirse abandonado por tantos seres queridos, llegando a sudar sangre. Tanta traición le pesaba y atormentaba mucho más que el temor físico al suplicio y a la muerte en Cruz que le esperaba, porque parecía anular su determinación salvadora sobre el género humano con un: "¿Para qué tanto sufrimiento.......si después tantísimos hombres me han de ignorar por completo...?".
Tercer Misterio: LA CORONACIÓN DE ESPINAS
Había que reafirmar el delito de Jesús: Rebelión a Roma. Había dicho que era Rey, y no viendo su corona, decidieron fabricarla. La hicieron de espinas por rencor a su persona. Tejieron un círculo con plantas espinosas lo colocaron sobre sus sienes y con el casco metálico de un soldado la incrustaron, de un sólo golpe de maza, en su cuero cabelludo. De su bendita boca probablemente surgió un gemido de dolor y de las espinas brotó sangre abundante y de sus ojos, también casi con certeza: lágrimas de dolor. Hoy sabemos que existe un reflejo involuntario de dolor por el estímulo intenso sobre el periostio del cráneo, que activa la contracción de los sacos lacrimales de ambos ojos. También del alma divina de Jesús, brotaron, de seguro, muchas más lágrimas de dolor por todas las espinas de los pecados del mundo. Mas Él pensaba: "a todos ellos he de salvarlos".
Nuestro amor propio, que no es malo, sino bueno y necesario en su justa medida, sufre intensamente por las burlas de los demás. !Y cómo sufriría el propio Jesucristo, Rey del Universo , al ser insultado como si fuera un rey de pacotilla¡. Jesús, que podía haber destruido en un instante a aquella tropa, sin embargo, aguantó con humildad la muy dolorosa broma, esperando todavía mayores ofensas y mayores dolores como un cordero que va al matadero.
Aún había de causarle nuevamente fuertes dolores punzantes, esa corona de espinas, pues cuando Cristo cae por primera vez bajo el peso de la Cruz, el enorme madero aplastó su hombro y de costado volvió a clavar mucho más profundamente las espinas. En algunos lienzos conocidos de la imagen de Jesús del paño de la Verónica, o como en el caso de la imagen de la Santa Faz de Alicante, también se puede apreciar una gruesa lágrima cayendo por su mejilla. Aquella buena mujer había utilizado sus finos pañuelos para limpiar la sangre, el sudor y las lágrimas del Redentor en su camino a la Cruz y éste la dona un recuerdo de su valentía y bondad con la milagrosa grabación de su rostro salvador.
Cuarto Misterio : JESÚS, CAMINO DEL CALVARIO.
Muchos son los puntos que habríamos de meditar en el Camino de la Cruz que el Señor realizó durante su Pasión, pero yo me fijaría sobre todo en sus tres caídas seguidas de sus tres levantamientos. Ya sabemos que el cansancio de tantas horas sin comer ni beber, que la agitación y nerviosismo de un juicio condenatorio, que el no haber dormido nada, podían juntos debilitar considerablemente a cualquier hombre. Hay que considerar que los tres condenados iban separados, pero atados con una larga cuerda que les dirigía los pasos, por lo que la caída de uno de ellos, al ocurrir, arrastraría de seguro a los demás. También tengamos en cuenta el peso de una voluminoso madero a transportar sobre un camino pedregoso, Todo ello justifica tantas caídas, pero Cristo lo que nos quiere enseñar con ellas, es que lo importante es saber levantarse.
Quinto Misterio : JESÚS MUERE EN LA CRUZ.
Podríamos meditar con sumo fervor todo un "Sermón de las Siete palabras", porque todas las cosas que dijo Jesús en la Cruz están llenas de vida y lenas de amor. Yo me quedo ahora con dos de ellas: la frase más breve y con la última.
La más breve: "Tengo sed"
¿ De qué tienes sed tú, Jesús de Nazaret ? ¿De agua? ¿o acaso de nuestras almas...? La primero es fácil de obtener, aunque a ti solo te dieron hiel con vinagre. Lo segundo nos compromete profundamente. Somos agua, que es vida, para todo un Dios que desea bebernos. ¡Que mejor ocasión de agradar a Dios que ésta de devolverle nuestra alma, nuestra libertad y nuestro destino, calmando así su bendita sed!.
Cada vez que veamos un crucifijo pensemos que Dios tiene sed de nosotros mismos, y ofrezcámonos como un don a aquel que dijo “Tengo sed”, aquel que nos dio todos los bienes: la existencia, la salud , la felicidad y su promesa de salvación eterna.
¡No perdamos esta gran oferta!. ¡Tanto a cambio de tan poco!
Las últimas palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"
Cristo nos ha enseñado a vivir, a levantarnos siempre del pecado, por grande que fuere, si caemos. Ahora nos enseña a morir. El momento más importante de toda la vida es la muerte y nuestro buen Jesús nos da el camino para vencerla.
Es un examen que sólo supera triunfante el amor. Quien muere amando, amando alargará su vida toda la eternidad, ya que el amor es vida.. Quien muere sin amor u odiando, alargará su muerte para siempre. Cristo muere perdonando a los hombres y amando a su Padre, en quien deposita toda su confianza. Es la máxima y es la última lección de nuestro Maestro.
Cristo necesitaba en ese momento el apoyo de sus discípulos, de los miembros de su Iglesia, y en ellos, como en nosotros ahora, no halló más que debilidad, cansancio y sueño. Continuaba sudando sangre, las manos frías y el corazón helado de tristeza. Agotado se retiró para buscar la presencia del Padre y poder pedirle nuevamente ayuda : " Padre, si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad , sino la tuya.". Y Dios Padre mantuvo su silencio, ese aparente olvido de Dios que nosotros a veces podemos encontrar en la vida. Y la Voluntad del Padre no fue la del Hijo, sino con harto dolor propio, la de inmolarlo. Fue el mismo sacrificio que en cierto momento le ordenó a Abraham hacer con su propio hijo Isaac. La respuesta del Padre , en aquel momento, no fue salvar al Hijo, sino que el Hijo había de terminar la dolorosa ofrenda de su ignominiosa muerte para la salvación de todo el género humano. Y no habría, como con Abraham, un "detente". Se había de realizar plenamente en Cristo el acto del sacrificio pascual.
En ese momento de lucha consigo mismo, Jesucristo revela su tesoro de auténtica humanidad y la valía de su infinito Amor al Padre que sobrepasó, mediando su voluntad, al amor a sí mismo. De esta manera el mismo Cristo, en su naturaleza humana escuchó como Israel: " Amarás a tu Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas". Y así lo hizo sin dejar de ser también Dios por su naturaleza divina.
Muy diferentes a los de Cristo son nuestros ruegos a Dios, cuando le imploramos salud o bienes, queriendo imponer siempre cualquier "necesidad" nuestra sobre sus sabios designios, ya que no le adoramos a Él, sino que en realidad, sirviéndonos de Él, nos adoramos a nosotros mismos..
Así, abandonándose totalmente en la Voluntad de su Padre, Jesús pasó un largo rato hasta que un bendito Ángel comenzó a consolarlo y le impuso la corona de las Bienaventuranzas, mostrándole la humana muchedumbre de aquellos que Él mismo con su santísima sangre iba a salvar y a conducir al Cielo con su doctrina y ejemplo, con su presencia eucarística y con la ayuda del Espíritu Santo. Y, naturalmente también pasó ante Jesús en aquellos momentos, la imagen de María, su bendita Madre, junto a la cual, Él bien sabía que habría de merecer la pena de vivir su duro paso por el dolor, aun acabando siendo ajusticiado como un criminal.
Así, abandonándose totalmente en la Voluntad de su Padre, Jesús pasó un largo rato hasta que un bendito Ángel comenzó a consolarlo y le impuso la corona de las Bienaventuranzas, mostrándole la humana muchedumbre de aquellos que Él mismo con su santísima sangre iba a salvar y a conducir al Cielo con su doctrina y ejemplo, con su presencia eucarística y con la ayuda del Espíritu Santo. Y, naturalmente también pasó ante Jesús en aquellos momentos, la imagen de María, su bendita Madre, junto a la cual, Él bien sabía que habría de merecer la pena de vivir su duro paso por el dolor, aun acabando siendo ajusticiado como un criminal.
Así fortalecido y nuevo, volvió Cristo con sus discípulos que dormían, hasta que el tumulto de recién llegados les despertó. Venían a prender a Jesús, capitaneados por gentes del Sanedrín y por Judas, aquel discípulo "escogido" que, sin embargo, le vendió por 30 monedas de plata.
Segundo Misterio :
Segundo Misterio :
La Flagelación de Jesús .-
Lc 23,16 "Lo soltaré por tanto, después de castigarlo"
Jn 19,1 "Por eso Pilato mandó entonces azotar a Jesús"
Mt 27,29 " les soltó a Barrabás y a Jesús lo azotó y lo entregó para que fuese crucificado".
Mc 15,15 " Pilato, que quería satisfacer al pueblo les soltó a Barrabás, y a Jesús lo azotó y lo entregó para que fuese crucificado".
Las palabra " azotar o castigar" en los evangelios de Lucas y Juan aparecen en la historia de la Pasión de Jesús durante el juicio de Pilatos, antes que en las mismas versiones de Mateo y Marcos. Eso es importante porque la cronología de los hechos es fundamental para llegar a comprenderlos. Así podemos darnos cuenta mejor de que llevaron preso a Jesús ante Poncio Pilato, el Cónsul romano de Jerusalén, para que lo juzgase y lo condenase. Pero Pilato no vio culpable a nuestro Redentor e intentó salvarle, aunque con muy poca decisión y muy débil autoridad. Su cobardía le impulsó a rehuir meterse en problemas y tratar de contentar a los acusadores con el injusto y cruel castigo de la flagelación.
Así Pilato había mandado que le diesen la ejemplar corrección del látigo, pensando mostrarle al pueblo muy castigado y así quedar bien ante su esposa que estaba preocupada por ese reo y en paz con los acusadores. El problema fue que éstos, movidos por el príncipe del mal, temieron que el reo, despertando la piedad del pueblo, pudiese escapar de la muerte que ellos le deseaban, de forma que, muy posiblemente, sobornaron a los verdugos para que éstos le propinasen tal cantidad de golpes (más de 200 latigazos se aprecian en la Sábana Santa de Turín), que aún perdonada su ejecución, no pudiese sobrevivir mucho tiempo.
Vemos como el príncipe de las tinieblas, el más sagaz de los ángeles creados, ahí se equivocó y permitió y facilitó nuestra Redención, por puro odio a Cristo, el Hijo de Dios vivo. Así el rencor cegó totalmente su enorme inteligencia, como les ocurre a muchos hombres soberbios y nefastos.
El látigo romano constaba de una larga correa que acababa: o bien en una garra de ave de rapiña, con la que arrancaban jirones de carne al reo, o bien en tres o cuatros bolas de plomo bien atadas que producían profundas contusiones sobre la piel. A Cristo, repito, no le dieron los 40 latigazos en el dorso, que es el máximo que la ley judía permitía como castigo, sino según delata la Sábana Santa, más de 200 ya que el código romano no ponía límite numérico.
Ese elevado número de impactos en dorso, abdomen, piernas y lo peor: en el pecho produjeron un derrame interno con muerte tardía por pericarditis. Queda atestiguada esta patología por lo narrado en el Evangelio de Juan (Jn 19, 31-37) sobre aquel costado de Cristo, del que perforado "brotó sangre y agua", derrame generado por la flagelación del tórax y por su larga agonía.
El látigo romano constaba de una larga correa que acababa: o bien en una garra de ave de rapiña, con la que arrancaban jirones de carne al reo, o bien en tres o cuatros bolas de plomo bien atadas que producían profundas contusiones sobre la piel. A Cristo, repito, no le dieron los 40 latigazos en el dorso, que es el máximo que la ley judía permitía como castigo, sino según delata la Sábana Santa, más de 200 ya que el código romano no ponía límite numérico.
Ese elevado número de impactos en dorso, abdomen, piernas y lo peor: en el pecho produjeron un derrame interno con muerte tardía por pericarditis. Queda atestiguada esta patología por lo narrado en el Evangelio de Juan (Jn 19, 31-37) sobre aquel costado de Cristo, del que perforado "brotó sangre y agua", derrame generado por la flagelación del tórax y por su larga agonía.
Hay que imaginar el dolor en umbral máximo de cada latigazo de nuestro redentor como hombre que era, además de Dios. Todo lo sufría voluntariamente, pese a que tenía la posibilidad de evitarlo siendo Dios infinito, para salvarnos individualmente a cada uno de nosotros, y así poder evitarnos el castigo del infierno. Así, como un flash, pasaron por la naturaleza divina de Jesucristo, también nuestras faltas y pecados y Cristo decidió: salvar a todos los hombres y aguantó, habiendo sufrido un juicio ignominioso, una falsa condena y un constante y enorme dolor físico.
Faltaba la hipocresía de Pilatos, lavándose las manos públicamente “por la muerte de aquel justo", para tratar de reconciliar la conciencia consigo mismo y apaciguar a su esposa, quien le había manifestado su preocupación por Jesús. Cristo no se libraría de la muerte por misericordia del pueblo al verle muy herido tras la flagelación, cosa que Pilatos cobardemente pretendía. Tampoco se libraría de su muerte en Cruz, por la cobardía de este cónsul romano, permitiendo que un pueblo asesino salvase a otro asesino : a Barrabás, crucificando a Jesús.
Faltaba la hipocresía de Pilatos, lavándose las manos públicamente “por la muerte de aquel justo", para tratar de reconciliar la conciencia consigo mismo y apaciguar a su esposa, quien le había manifestado su preocupación por Jesús. Cristo no se libraría de la muerte por misericordia del pueblo al verle muy herido tras la flagelación, cosa que Pilatos cobardemente pretendía. Tampoco se libraría de su muerte en Cruz, por la cobardía de este cónsul romano, permitiendo que un pueblo asesino salvase a otro asesino : a Barrabás, crucificando a Jesús.
Jesús fue entregado finalmente al populacho para conseguir lo que el propio mal deseaba : su muerte segura y con el máximo sufrimiento : o sea en la Cruz.
Tercer Misterio: LA CORONACIÓN DE ESPINAS
Había que reafirmar el delito de Jesús: Rebelión a Roma. Había dicho que era Rey, y no viendo su corona, decidieron fabricarla. La hicieron de espinas por rencor a su persona. Tejieron un círculo con plantas espinosas lo colocaron sobre sus sienes y con el casco metálico de un soldado la incrustaron, de un sólo golpe de maza, en su cuero cabelludo. De su bendita boca probablemente surgió un gemido de dolor y de las espinas brotó sangre abundante y de sus ojos, también casi con certeza: lágrimas de dolor. Hoy sabemos que existe un reflejo involuntario de dolor por el estímulo intenso sobre el periostio del cráneo, que activa la contracción de los sacos lacrimales de ambos ojos. También del alma divina de Jesús, brotaron, de seguro, muchas más lágrimas de dolor por todas las espinas de los pecados del mundo. Mas Él pensaba: "a todos ellos he de salvarlos".
Nuestro amor propio, que no es malo, sino bueno y necesario en su justa medida, sufre intensamente por las burlas de los demás. !Y cómo sufriría el propio Jesucristo, Rey del Universo , al ser insultado como si fuera un rey de pacotilla¡. Jesús, que podía haber destruido en un instante a aquella tropa, sin embargo, aguantó con humildad la muy dolorosa broma, esperando todavía mayores ofensas y mayores dolores como un cordero que va al matadero.
Aún había de causarle nuevamente fuertes dolores punzantes, esa corona de espinas, pues cuando Cristo cae por primera vez bajo el peso de la Cruz, el enorme madero aplastó su hombro y de costado volvió a clavar mucho más profundamente las espinas. En algunos lienzos conocidos de la imagen de Jesús del paño de la Verónica, o como en el caso de la imagen de la Santa Faz de Alicante, también se puede apreciar una gruesa lágrima cayendo por su mejilla. Aquella buena mujer había utilizado sus finos pañuelos para limpiar la sangre, el sudor y las lágrimas del Redentor en su camino a la Cruz y éste la dona un recuerdo de su valentía y bondad con la milagrosa grabación de su rostro salvador.
Cuarto Misterio : JESÚS, CAMINO DEL CALVARIO.
Muchos son los puntos que habríamos de meditar en el Camino de la Cruz que el Señor realizó durante su Pasión, pero yo me fijaría sobre todo en sus tres caídas seguidas de sus tres levantamientos. Ya sabemos que el cansancio de tantas horas sin comer ni beber, que la agitación y nerviosismo de un juicio condenatorio, que el no haber dormido nada, podían juntos debilitar considerablemente a cualquier hombre. Hay que considerar que los tres condenados iban separados, pero atados con una larga cuerda que les dirigía los pasos, por lo que la caída de uno de ellos, al ocurrir, arrastraría de seguro a los demás. También tengamos en cuenta el peso de una voluminoso madero a transportar sobre un camino pedregoso, Todo ello justifica tantas caídas, pero Cristo lo que nos quiere enseñar con ellas, es que lo importante es saber levantarse.
La primera caída es sonora y aparatosa. Queda con el hombro terriblemente raspado, al igual que las rodillas. Las espinas de la cabeza le quedan clavadas con más fuerza con y con mayor profundidad.
Pese a su debilidad Cristo hace por levantarse del suelo y lo consigue. Los soldados que le conducen le colocan un auxiliar para que no vuelva a caer, y no por caridad, sino porque desean acabar pronto. Vuelve a caer Cristo dos veces más con intensos daños, pero, pese a ellos, logra volver a levantarse hasta finalizar su camino hacia la Cruz.
Una verdadera lección de paciencia y fortaleza para nuestra vida moral.
Pese a su debilidad Cristo hace por levantarse del suelo y lo consigue. Los soldados que le conducen le colocan un auxiliar para que no vuelva a caer, y no por caridad, sino porque desean acabar pronto. Vuelve a caer Cristo dos veces más con intensos daños, pero, pese a ellos, logra volver a levantarse hasta finalizar su camino hacia la Cruz.
Una verdadera lección de paciencia y fortaleza para nuestra vida moral.
Mantengámonos siempre en pie, con el aceite de la fe en nuestras lámparas intacto, para que así nos halle Cristo preparados cuando nos llame por nuestro nombre.
Quinto Misterio : JESÚS MUERE EN LA CRUZ.
Podríamos meditar con sumo fervor todo un "Sermón de las Siete palabras", porque todas las cosas que dijo Jesús en la Cruz están llenas de vida y lenas de amor. Yo me quedo ahora con dos de ellas: la frase más breve y con la última.
La más breve: "Tengo sed"
¿ De qué tienes sed tú, Jesús de Nazaret ? ¿De agua? ¿o acaso de nuestras almas...? La primero es fácil de obtener, aunque a ti solo te dieron hiel con vinagre. Lo segundo nos compromete profundamente. Somos agua, que es vida, para todo un Dios que desea bebernos. ¡Que mejor ocasión de agradar a Dios que ésta de devolverle nuestra alma, nuestra libertad y nuestro destino, calmando así su bendita sed!.
Cada vez que veamos un crucifijo pensemos que Dios tiene sed de nosotros mismos, y ofrezcámonos como un don a aquel que dijo “Tengo sed”, aquel que nos dio todos los bienes: la existencia, la salud , la felicidad y su promesa de salvación eterna.
¡No perdamos esta gran oferta!. ¡Tanto a cambio de tan poco!
Las últimas palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"
Cristo nos ha enseñado a vivir, a levantarnos siempre del pecado, por grande que fuere, si caemos. Ahora nos enseña a morir. El momento más importante de toda la vida es la muerte y nuestro buen Jesús nos da el camino para vencerla.
Es un examen que sólo supera triunfante el amor. Quien muere amando, amando alargará su vida toda la eternidad, ya que el amor es vida.. Quien muere sin amor u odiando, alargará su muerte para siempre. Cristo muere perdonando a los hombres y amando a su Padre, en quien deposita toda su confianza. Es la máxima y es la última lección de nuestro Maestro.
Jonás .-


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