El ser humano tiene órganos en el cuerpo y potencias en el alma. Ambos están definitivamente unidos en un sólo ente : nuestro propio yo. Es de una manera en que las dos partes que nos integran han de compartir todas sus funciones. Así nuestra experiencia viene a confirmar que se piensa con la cabeza y que se siente con el corazón. Es este órgano el que más protagonismo pinta en la imaginación humana y así sabemos que los antiguos egipcios lo conservaban dentro del pecho de las momias reservado para su Resurrección totalmente separado de las demás vísceras, previamente colocadas aparte en vasos canopes de piedra. También sabemos cómo los actuales neurofisiólogos utilizan el electroencefalograma para discernir por la parada del corazón el momento de la muerte.
Pues bien, hemos de aceptar que sobre este órgano repercuten todas las emociones y se llega a hacer protagonista del arrojo, la responsabilidad, la entrega, la paciencia y la constancia, virtudes todas que valoran al ser humano. El cerebro tan sólo facilita la visión de los datos, advierte al corazón de su voluntad y de su responsabilidad, apuntando en la memoria de cada tiempo todo lo aprendido y todo lo realizado.
Si subimos desde el ente humano hasta el ente divino, aprenderemos el valor de la devoción al Corazón de Jesús, bastante olvidada, pero real y necesaria para el hombre, porque es la dirigida hacia nuestro Salvador.
Según los Santos Evangelios tras morir Jesús en el cruel suplicio de la Crucifixión no cesaron las ofensas físicas hacia Él, sería rematado mediante una lanzada certera que le atravesaría el corazón. Realizado ese golpe de gracia brotó al instante de esa última llaga una sangre espesa y después agua transparente (plasma sanguíneo sedimentado), probablemente enconsecuencia de un abundante derrame pericárdico propiciado por los numerosos latigazos recibidos en zona precordial y por su larga y dolorosa agonía colgado de la Cruz. Para nosotros esos dos elementos tienen un significado : la sangre de su sacrificio por nosotros y el agua como la fuente que necesitamos para lavar nuestras culpas.
De ese corazón herido y ultrajado surge una devoción especial. Cristo nos abrió su corazón para que también nosotros el abriésemos el nuestro y así cumpliría su misión redentora: ganándonos desde lo más dentro de nuestro ser: nuestro corazón. Éste es simple y es pequeño, se halla lleno de vanalidades y torpezas. Uno piensa en cómo un corazón infinitamente grande de todo un Dios hecho Hombre se puede abrir a una pieza humana, generalmente de tan poquísimo valor. Amar al que es infinitamente inferior a uno es cosa imposible, solamente factible para Dios, porque Él nos mira con su microscopio, sus maravillosos ojos que agrandan sin límite lo insignificante hasta hacerlo apreciable. Solamente así, con la mirada de sus ojos compasivos Dios puede amarnos con todo su Corazón, con toda su alma y con toda su naturaleza.
Un amor así nos obliga a una entrega total, a una respuesta total y absoluta hacia quien nos creó y hacia quien nos amó hasta el extremo. El Amor nutre, fortifica y obliga. Sea nuestro corazón una humilde sucursal del Amor que Jesucristo nos profesa, una humilde fuente de agua limpia que contribuya, junto a otras a saciar la sed de quien tanto, tanto, tanto... nos ama.
Jonás , 19- Julio- 2025- Octubre 2025- Diciembre 2025
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