LA HERMANA MUERTE .-
En primer lugar te felicito por tu valor, amigo lector, por haber elegido entre otros muchos temas este de la muerte, aunque nuestro San Francisco de Asís la llamase "hermana". Nosotros no podemos hablar sin temor a equivocarnos de aquello que no conocemos. Por este motivo ningún ser humano vivo puede decir nada al respecto. Ni túneles blancos, ni abismos negros, simplemente algo desconocido a nuestra personal experiencia. Sin embargo, no ignoramos realmente la verdad más segura de la vida: y es el que ésta, irremediablemente, se nos tiene que acabar a todos sin excepción alguna algún día quizás no sea un día muy lejano.
La muerte ha servido para confirmar yacimientos arqueológicos de los primeros humanos , porque en la conciencia del hombre, a diferencia de cualquier otra especie viva, existe un criterio especial de la muerte y un innato conocimiento de la inmortalidad de su propio ser. El hombre de todas las épocas siempre lo ha expresado así construyendo monumentos especiales. Siempre ha dejado en sus obras funerarias el testigo de su fe en el más allá.
También es verdad que algunos hombres, sin autoridad alguna, dicen e inducen a creer que nada hay tras la muerte. Engañan a muchos que comienzan entonces a vivir como si fuesen simples animales. Yo, sin embargo, prefiero creer en la palabra de un sólo Hombre que, siendo Dios, decía a sus amigos desconsolados por la pérdida del ser querido:: "Yo soy la resurrección y la vida........el que vive y cree en mí no morirá jamás" . Ese valiente ofreció su vida por la humanidad y no se dejó arrastrar por miedo alguno. Sin embargo nosotros tal pánico tenemos a la muerte que no queremos ni mencionarla, salvo... en las películas, donde se reparte a" tuti fruti". Quien dno teme a la muerte es bien: porque se cree lejano a tal evento, o de no ser así, porque Dios lo ha dotado, por alguna razón, de unos dones de valor y sentido sobrenatural especiales.
Un buen cristiano, a quien le preocupaban mucho la pérdida del cuerpo y de sus sentidos, se peguntaba : "Aunque me salve tras la muerte, pues así lo espero..¿Cómo podré ver sin mis ojos,? ¿Cómo podré oír sin mis oídos? ¿Cómo podré recordar sin mi memora? ¿Cómo podré pensar sin mi ceebro y cómo podré sentir sin mis manos?.." y Dios le contestó hablando desde su interior: "En el cielo, Yo te prestaré mis ojos, Yo te prestaré mis oídos, Yo te prestaré mi memoria y mi presencia, para que puedas conocer y verlo todo tal como Yo, ... y más adelante te resucitaré por entero, te daré un cuerpo nuevo con sentidos perfectos y una vida nueva para siempre..". Aquel cristiano se quedó muy satisfecho. Esto es realmente lo que nos implica la unión beatífica con Dios. Os imagináis la agudeza de la vista de Dios, que todo lo ve, la sensibilidad de su oído, que todo lo escucha, la penetración de su memoria e inteligencia, que todo lo sabe... Da escalofríos llegar a imaginar tal grado de perfecciones primero prestadas y luego donadas de las que podrá disponer nuestra humilde persona, si somos fieles al Señor...
Si albergamos el tesoro de la fe, la hermana muerte no es tan terrible como se cree, ni tan siquiera es un castigo, la hermana muerte merece el epitafio que el Santo de Asís la dedicó: "Si has de llevarme a mi mejor Amigo,.. gracias te doy Muerte,.. yo te bendigo." La hermana muerte es el momento más importante de toda nuestra existencia, (Angela Romero), porque en él se ha de definir para siempre toda la eternidad .
Pero si hemos apagado ese calor interno de la fe, por olvido o por fría distancia del Amado, la muerte ya no es una hermana, es realmente lo peor que nos puede ocurrir, de tal manera que es mejor seguir ignorándola, sin querer pensar en de ella, porque amarga la vida, porque seca las fuentes del placer, porque nos hace descubrirnos cobardes y egoístas, estúpidos e irresponsables. Por eso el mundo no la tolera, salvo en películas, en espectáculos sazonados de violencia, de los que es un simple teatro. Por eso el mundo se la oculta a los enfermos terminales, a los que droga hasta la inconsciencia, cuando bajo el falso criterio de la "muerte digna" lo induce al final con una eutanasia activa y brutal, buscando un rápido desenlace que a quienes realmente beneficia es a unos familiares egoístas y a un gobierno materialista y asesino.
Si sabemos que hay un Dios que nos ama hasta llegar a saborear por sí mismo la muerte, como una madre prueba la papilla de su hijo para saber si está demasiado caliente o si por el contrario es soportable, entonces para nosotros el último momento ya no es tan malo como suponíamos. Cristo por su paso entre nosotros hizo digna la vida, por trabajosa y amarga que le fue y aún más digna la muerte, por dolorosa que Él la permitió. Cuando alguien mencione las actualmente tan manoseadas palabras de "muerte digna" que levante sus ojos a la Cruz del Calvario, y vea lo que fue realmente el morir para la persona más digna que ha habido en la Historia.
Pero la muerte, repito nuevamente, sobre todo es el momento más importante y definitivo de nuestra vida, porque es la decisiva prueba, el examen final del que depende toda nuestro futuro eterno.
Depende de llevar o no consigo la única fuerza que supera a todo lo creado: el Amor. Morir amando a Dios o morir ignorándole u odiándole : "He ahí el dilema que ha de definir toda la eternidad."
Si acompañamos a alguien en ese difícil momento, estrechemos su mano con amor y susurremos a su oído la más breve y efectiva oración que existe con tan sólo tres palabras: "Perdón Dios mío,.." De seguro que este "soplarle" la solución del ejercicio de su propia vida, le podría suponer un valioso "aprobado" en su examen. Cuando todos sus familiares queridos, sus amigos entrañables, le dejen a él sólo en el camposanto, tendrá a un Amigo fiel y leal que ya le habrá ido a buscar mucho antes, para llevarlo consigo a la Casa de su Padre. En verdad le merecerá la pena a aquel hombre, quizás anónimo y gris, seguro pecador, el haber adquirido, aunque fuese en el último momento, al único amigo que nunca abandona a quien le invoca. Con nosotros morirán los sentidos, la inteligencia y nuestros afectos, pero no desaparecerá nunca el Amor final que alberguemos, porque Dios-Amor no permitirá perder amor, porque seremos, como decía Quevedo : " polvo enamorado". Esa es la razón de nuestra esperanza ante la muerte si es que amamos . Dios no abandona a quien le quiere y su amor es la verdadera y única vida .
Oremos siempre por la perseverancia final de todos los moribundos del mundo y así salvaremos nosotros a muchas almas.
Vivamos con la certeza de la muerte y muramos con la certeza de la vida.
Pidamos cada noche a la Virgen María la gracia de sentir su intercesión "ahora y en la hora de nuestra muerte",. Amén.
EL JUICIO DE DIOS.-
Tras la muerte inmediatamente : el juicio y después para siempre la vida o la muerte eternas. Un rápido juicio muy diferente a los que nosotros estamos acostumbrados. No habrá abogados, ni acusadores ni fiscales, porque ante Dios nada hay que demostrar. No existe en su presencia la posibilidad de falsedad o de mentira, porque Dios es la Verdad Pura y Auténtica. Sobran todas las comprobaciones, los informes, los testigos y los atestados. Ante Dios el alma dirá únicamente la verdad absoluta y la palabra de Cristo, Juez eterno, será la única que se oirá después : "Venid conmigo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis..." o bien : "Alejaos para siempre de mí porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve desnudo y no me vestisteis"....
De estas cosas poco podemos hablar, pues aún desconocemos el futuro que nos vamos mereciendo. No sabemos que Cristo pasa muchas veces cerca de nosotros a lo largo de la vida, disfrazado de hermano nuestro y no nos damos cuenta de que Él es nuestra salvación.
Tan sólo quisiera considerar del Juicio las dos caras de la moneda que Dios nos ofrece:
De un lado la Justicia. Él conoce el todo de cada uno , lo comprende y lo juzga con íntegra justicia, pues se sabe todo de nuestra libertad, se sabe todo de nuestras pasiones, se sabe todo de nuestras dudas, se sabe todo de nuestros anhelos y se sabe todo de nuestros egoísmos y de nuestras perezas.
Del otro lado la Misericordia. Él conoce que somos hijos suyos hechos a su imagen y semejanza y nos quiere con locura. Está dispuesto a "aprobar" nuestro ejercicio de la vida si es que nota al menos un pálpito de amor hacia Él o hacia los hermanos, aunque fuese en el último momento de nuestra existencia terrena.
Él juzgará con misericordia y a la vez con justicia. Preparemos, pues, la tarea del amor y del servicio, porque nuestro examen final se acerca y va de eso. Que se cumpla la voluntad de Dios sobre la nuestra y así pueda llover sobre nosotros su misericordia.
Tan sólo quisiera considerar del Juicio las dos caras de la moneda que Dios nos ofrece:
De un lado la Justicia. Él conoce el todo de cada uno , lo comprende y lo juzga con íntegra justicia, pues se sabe todo de nuestra libertad, se sabe todo de nuestras pasiones, se sabe todo de nuestras dudas, se sabe todo de nuestros anhelos y se sabe todo de nuestros egoísmos y de nuestras perezas.
Del otro lado la Misericordia. Él conoce que somos hijos suyos hechos a su imagen y semejanza y nos quiere con locura. Está dispuesto a "aprobar" nuestro ejercicio de la vida si es que nota al menos un pálpito de amor hacia Él o hacia los hermanos, aunque fuese en el último momento de nuestra existencia terrena.
Él juzgará con misericordia y a la vez con justicia. Preparemos, pues, la tarea del amor y del servicio, porque nuestro examen final se acerca y va de eso. Que se cumpla la voluntad de Dios sobre la nuestra y así pueda llover sobre nosotros su misericordia.
Jonás 2003-2006-2019-2024
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