El sentido del esfuerzo, del dolor, de la pobreza, de la espera, de cualquier cosa negativa de la propia vida se nos escapa a todos los humanos. No así el placer, el bienestar, el poseer, el poder, la salud plena, la belleza, el divertimento en cualquier materia. Esto último lo recibimos con naturalidad y sin la más mínima pregunta porque no necesita justificación alguna. Aquello otro es algo que nos sabe a injusticia, y nos parece una prueba de que no podría haber un Dios sobre nosotros, ya que no podría permitir desgracia alguna. Nuestra naturaleza es absorber lo bueno y rechazar lo malo y si es posible no depender de nada ni de nadie. No agradecemos nunca porque todo creemos merecerlo tan sólo por el hecho de ser nosotros mismos.
Pero el dolor y el sufrimiento vuelven a insistir una y otra vez . Uno no les encuentra nunca sentido ni aprovechamiento alguno .
Hasta que te encuentras con la historia de un Dios que se hace hombre, porque el ser humano probado en el Paraíso aspiró a ser igual Dios. Y ese Dios se nos iguala en Cristo justamente para darnos motivo y sentido a todas aquellas cosas que mencionábamos como negativas: al esfuerzo, al dolor, a la pobreza, a la enfermedad y a la muerte. Nadie en la historia de la humanidad ha llegado a sufrirlas con la intensidad que Jesucristo ( "El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza"), y resulta que sólo Él tenía derecho y poder para rechazarlas si es que hubiera querido.
Así y sólo con una lección tan comprometida, de tan noble y generoso profesor, nos llega la luz que ilumina el dolor. Así, mirándo al Dios sufriente, en silencio y de cerca, aparece el verdadero sentido de estos aparentes males: Se sufre para ayudar a otros, se sufre para expiar culpas pasadas, y se sufre para completar la pasión y muerte de nuestro Dios que está probando cada segundo que pasa nuestra fidelidad para entregarse luego a nosotros toda una eternidad .
No olvidemos que si queremos encontrar algún sentido a la vida que se nos ha dado, debemos realizarla o asimilarla junto a Jesucristo que se nos ofrece para acompañarnos y darnos una vida para siempre. Sin Jesús no existe del dolor sentido ni valor alguno. Con Cristo, el padecimiento tiene una finalidad, sirve para mucho, merece la pena. No desaprovechemos la ocasión de marchar junto a Él y desaparecerá el cansancio, la frustración y el agobio. ¡ Ánimo navegantes.!
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.». san Mateo 11,28-30

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