EL VALOR DE PERDONARSE A SÍ MISMO
A lo largo de la vida existen muchas irregularidades de conducta, algunas para el bien y algunas más para el mal. Todos llevamos grabado en nuestra alma el código de lo que es un acto bueno y de lo que es una mala acción. También llevamos una visión irregular que, bien por patología o bien por malas costumbres nos impide apreciar nítidamente la existencia de esa ley grabada a fuego en el alma. Ciertamente una conciencia escrupulosa o una conciencia laxa, adulteran la imagen de cualquier acto.
Ante la existencia de una mala acción existen dos seres a diferenciar: quien la ha realizado y quien la ha sufrido. Para la reparación a ambas personas les es indispensable una virtud: la humildad. . El ofensor debe reconocerse culpable y moralmente inferior a su víctima para solicitar el perdón. La persona ofendida debe también despojarse del odio reactivo y no valorarse en exceso, sino contentarse en la amistad que renace, fuente caudalosa de afecto.
También tenemos unas leyes dictadas hacia nosotros mismos. Yo me puedo ofender a mí mismo si no me cuido, si abuso desordenadamente de mi cuerpo, sin no cuido mi salud, incluso si me deleito en la tristeza.
Y es entonces cuando requiero el perdón de Dios para poder aceptarme, quererme, perdonarme y superarme sin dejar de amar a todos los demás. Ese es el valor que le faltó a Judas para poder morir santamente.
El perdón, pedido o donado, es, como el ejercicio físico, fuente de nueva vitalidad y de energía. No desaprovechemos la ocasión frecuente de perdonar o de pedir perdón con humildad y con grandeza de ánimo.
Obteniendo el Perdón por parte de Dios, recargaremos la confianza en nosotros mismos y recibiremos la paz y la confianza , tal y como si nunca hubiésemos cometido pecado.
Seremos así amigos de viejos enemigos tuyos: el "otro" y el "yo mismo".
Perdonar es Ganar.
Jonás - Octubre 2024
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