LA HUMILDAD QUE AGRADA A DIOS.-
Dios es infinitamente humilde. De no ser así no se relacionaría con nosotros que somos infinitésimos de su poder creador. La paradoja es que sin necesitarnos para nada nos atiende, y nos quiere hasta el punto de bajar a nuestra ínfima talla para desmostrarnos que nos ama y llega a dar su vida en Jesucristo a cambio de la nuestra. Nosotros no somos humildes, pues decimos amarle, pero realmente nos amamos más a nosotros mismos y a los nuestros. Repito, nos queremos mucho mas que a ese Dios, al que que no vemos, si no es por la fe en la que tanto flaqueamos. Y digo bien: muchos vivimos contemplando extasiados nuestra ínfima grandeza, o bien somos personas piadosas, buenas y desprendidas de sí mismas, pero atadas al amor de un ser querido, con tal fuerza y de tal manera que cuando éste falta nos hace olvidar, por la dimensión de su ausencia, el sufrimiento del propio Dios. Cuando de Él nos alejamos, parece que le decimos : "Quiero más a esta persona que a tí, Dios mío.".
No ofendamos a Dios, que es nuestro verdadero Padre, nuestra familia es la suya y es la eternidad lo que nos ofrece a cambio de nada..
Ser humilde es darse cuenta de nuestra insignificancia, es valorar la generosidad de quien nos ha dado todo cuanto tenemos: existencia, vida, familia, salud bienes, conocimientos, ideales,... y además se nos ofrece a vivir eternamente con nuestra mediocre compañía. Afortunadamente Dios es aficionado a la microscopía y con su óptica suprema nos mira amplificados, casi a su escala, para así poder llamarnos hijos suyos. No tiene más que un HIJO querido y nos hace sus hermanos pequeños, no tuvo más que un amor de eternidad en su Santo Espíritu y trata de compartirlo con cada uno de nosotros.
Háblame de la pequeñez que nos identifica a todos los humanos y yo descubriré tu verdadera humildad. Dios se hace pequeño por amor: !Imitémosle¡
No hay comentarios:
Publicar un comentario