sábado, 11 de mayo de 2019

LA CONFESIÓN

SOBRE EL SACRAMENTO DE LA  RECONCILIACIÓN


Es el primer sacramento para nosotros los ya bautizados que vamos ambulando por la vida  acumulando culpas más o menos importantes. Como ocurre en cualquier mecanismo es necesaria la limpieza , pues las virtudes se van atorando inmovilizadas por tantos fragmentos inservibles de nuestra propia  andadura.

Ha existido un genial escritor y psiquiatra vienés, Arthur Schnitzler, elogiado por Freud, que clasificó intuitivamente  todas las virtudes humanas en orden a tres factores o dimensiones predominantes: La Objetividad, la Responsabilidad y la Audacia. Ya muchos siglos atrás nuestro S.Agustín anticipaba ese particular descubrimiento y lo sintetizaba también en sólo tres palabras de alto contenido moral: "Conócete, acéptate, supérate."
Y este es  el sentido profundo del Sacramento de la Reconciliación que reúne en sí toda las dimensiones humanas que se pueden encontrar  en cada uno y  que desarrollaremos a continuación :

En primer lugar  yo debiera ser objetivo conmigo mismo . Es lo que el Catecismo se denominaba "examen de conciencia"; al pan pan y al vino: soy débil, soy rebelde, y soy un simple pecador. No he de disimularme mis propias faltas, ni tampoco agrandarlas escrupulosamente. 

En segundo lugar me siento responsable, por lo que pude hacer y no hice, porque pude comportarme mucho mejor y me sabe mal el no haber aprovechado la ocasión de hacerlo bien ("dolor de corazón"). No tuve que hablar de algo pero lo hablé, o no tuve la voluntad  suficiente de negarme a mí mismo un rato de placer. Sacrifiqué la confianza que yo mismo me tenía, o que mis compañeros me habían depositado , o el "buen ser"  que Dios me regaló al crearme en esta familia, en las egoístas aras de mi aparente  "bienestar". 

En tercer lugar también hay un gran sitio para la audacia. "¡Sí, me levantaré, y volveré junto a mi Padre!". No hay que perder la esperanza en un Dios que todo lo sabe perdonar, que todo lo reconstruye y  que todo lo repara. Es necesario un lugar para  trazar una línea roja  afirmando para siempre un  "propósito de enmienda", de no volver a perder nunca más la dignidad, de no volver a ser desagradecido con mi Padre divino "Padre, he pecado contra el cielo y contra tí", lo que es: decir los pecados al confesor. Para ello la audacia es valor y es humildad.  Cuando vamos al médico hemos de decirle aquello que nos duele o lo que nos impide el bienestar de una manera concisa sin entrar en detalles innecesarios y sin timidez alguna, pues es la salud la que está en juego. Igual pasa con el confesor que es el "galeno del alma" con un valiente: "me acuso de haber faltado a estos mandamientos..".
Esa audacia me hace bajar humildemente la cabeza, me resta humos, me da la fuerza necesaria para expresar  mi debilidad  ante el mismo Dios representado en  toda la sencillez de un  escogido sacerdote. 
Digo escogido sacerdote porque al igual que escojo el médico del cuerpo debo escoger el del alma, por su sabiduría, por su experiencia y por su bondad. Debe de conocerme para quererme y para exigirme, como un padre  el desarrollo de mi salud en la virtud. Salvo peligro de muerte no me vale el primer cura que encuentre.
Saldré de la Confesión limpio y con la ventaja de haber ganado humildad, pues tras la caída seré  mucho más más humilde". ("Un corazón quebrantado y humillado.., Tú no lo desprecias, Señor").

La audacia de amar me lleva a la total Reconciliación con mi prójimo. Y,.. he ahí la piedra angular. Es fácil hacer las paces de faltas propias o contra Dios, me basta postrarme como penitente ante el ministro de Dios. Pero hacer las paces con ese familiar mío distante, con aquel amigo perdido, con aquel conocido que me cae mal, que habló mal de mí...eso ya es otra canción. Y a eso, precisamente a eso,  me debe llevar el Sacramento de la Penitencia: a perdonar de corazón o a saber pedir disculpa si cabe esta  posibilidad. Porque si no tengo paz verdadera con los hombres, próximos o lejanos,  tampoco la tendré con mi Dios, que habita también en ellos.
Audacia es  aminorar  el daño hecho a alguien a base de amor y  de entrega. Audacia es generosidad de no pasar factura de aquello que  debiera ya haber  olvidado. Audacia es lanzar un "lo siento" por aquello que ha herido a otra persona. Audacia es  romper yo primero el hielo del olvido con una carta de felicitación, con un saludo, con una simple sonrisa. Audacia es dar otra oportunidad al otro, audacia es pensar con más tolerancia y comprensión de los demás. Audacia es que nunca yo vuelva a hacer críticas negativas frente a nadie. Audacia es restituir generosamente la fama que he destruido con un torpe comentario o acaso los bienes de los que me he apropiado egoistamente.
Así, solamente así, se me cumplirá aquello que pedíamos en el Padrenuestro "Perdona nuestras deudas así como perdonamos a nuestros deudores". Al rezar la penitencia impuesta por el sacerdote debiérame parar en esta estrofa.

Jonás
Agosto 2003- revisado Mayo 2019

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